Yo estaba ahí. Parada frente a una inmensidad de agua grisácea que se revolcaba entre una nube de arena y brisa. El viento constante soplaba diminutos granos de roca sobre mi rostro. Permanecía inamovible, con los ojos plantados en un horizonte que no distinguía. No te vi llegar, lo hiciste despacio, moviéndote con la lentitud propia de quien camina contra el viento. Venías con los hombros encogidos, los brazos entrelazados frente al pecho y el rostro sumido en el resto del cuerpo, cubriéndote del arena que volaba en todas direcciones. - ¿Pauline? ¿Qué haces aquí? - Observo el mar... - ¿No te duele la arena? - No me pega. - Me miraste desconcertada. Quisiste hacerme una pregunta pero te la tragaste con la saliva arenosa que bajó difícilmente por tu garganta. - Las he visto. - Hiciste lo mismo. - A las miles de personas que te rodean a cada momento, sé que puedes sentirlas, sé que puedes oírlas incluso. Aunque no te atrevas a admitirlo. - Caíste en la cuenta de lo que te esta...
Conversaciones en el vacío de muchas voces.