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Cuestiones

Mi vida ha estado llena de certezas: la de estar, la de no estar, la de querer estar, la de saber que estaré cuando el momento sea adecuado. La certeza de sentir ha sido siempre la más importante, la que me recuerda de pronto, en esos instantes extraños en los que parece que se me olvida dónde estoy, que me encuentro en el momento acertado. Las preguntas vienen primero, siempre. Ella vino ayer mis sueños y convirtió la última cuestión en una certeza rotunda.

Se acercó por la espalda, con esos pasos que retumban en el horizonte distante, con la sonrisa plácida de siempre. Me dio la vuelta por la izquierda y yo la vi pasar de reojo. De alguna manera ya sabía que vendría. Se sentó frente a mí, en una silla que apareció de la nada. Lo hizo con cierta solemnidad, la espalda recta, el cuello alzada, las manos sobre las piernas. Parecía que flotaba. Pero, claro, yo estaba soñando y lo sabía. Era un cafecito, muy pequeño, en alguna calle que se parecía a todas las que conozco. Levanté los ojos de la libreta en la que escribía, compuse mi postura en la silla, sonreí desde el principio, desde que la sentí venir a lo lejos. Dejé la pluma y cerré la libreta.

- Siempre que te apareces es para regañarme, ¿qué hice ahora?
- Nada, - dijo muy segura de sí misma-, sólo vine a platicar contigo.
- No, jeje, no puede ser, algo te traes entre manos o no estarías aquí, cerciorándote de que todo pase como tiene que pasar.
- Tienes razón, como siempre, jeje. Vine a plantearte una cuestión importante...
- Hum... ¿de qué se trata?
- ¿Hasta cuándo piensas que seguirás aquí? - La miré con asombro. - Hasta que termines lo que tienes que hacer, sólo eso. No pasarás más tiempo del estrictamente necesario.
- ¿Me estás diciendo que cuando termine mi parte debo irme? ¿No puedo siquiera saber cómo terminan las cosas?
- No está puesto de esa manera.
- Ja... ¿me trajiste de vuelta sabiendo que no quería hacerlo, me vas a mandar a los lobos y dices que todo terminará ahí para mí? ¿Así funciona?
- Sí, me temo que sí.
- Eso no es justo...
- No dijimos que lo fuera.
- Hum...
- No quiero irme sin saber qué sucede después, qué pasa después de todo. Al menos me deben eso. Déjame saber qué pasará, quedarme a verlo solamente. Después puedes llevarme como mejor te parezca, sin dolor de preferencia. - Mi miró con los ojos muy abiertos, luego con expresión de duda. - Piénsalo bien, no haré nada más que lo estrictamente necesario. Sólo te pido saber cómo termina. No me puedes dejar ir sin contarme el final de la historia y menos si yo he escrito parte de ella. Por favor.

Ella sonrió como si estuviera por concederle un deseo caprichoso a una niña. No me dijo nada, sólo movió la cabeza de arriba a abajo y preguntó si tenía otra petición, le pedí que al llevarme lo hiciera tranquilamente sin dramatismos ni nada parecido. Se rió de mí.

- ¿Crees que puedo concederte todos tus deseos?
- No, pero creo que puedes apelar por ellos. También creo que si las cosas funcionan como las tenemos pensadas, entonces me deberás al menos eso.
- Ok, si las cosas salen bien, así será. Te dejaré quedarte hasta el final y te llevaré sin dramas.
- Gracias.
- De nada. - Ahí noté nuestra repentina diplomacia. - ¿Cómo has estado?
- Jajajaja, buen momento para preguntarlo... bien, atareada, con muchas cosas en la cabeza...
- Como siempre.
- Sí, como siempre.

Volví los ojos a la libreta. La abrí en una página específica y se la entregué.

- He estado haciendo esto... mira.

Leyó el contenido mientras yo observaba un panorama que cambiaba con el paso de mi mirada. La calle se convirtió en bosque, en selva, en río, en mar, me fundí en el océano sin importarme quien estaba aún sentada enfrente. Regresé a ella y seguí imbuida en el relato. Entonces torné al otro lado y vi claramente al café convertirse en un parque, árboles saliendo de la tierra como pintura que escurre, gente apareciendo por arte de magia. Sonreí satisfecha. Ella hizo lo mismo y me regresó la libreta.

- Perfecto, sigue con ello. Creo que todo va muy bien, entonces. No me necesitas aquí. - Se levantó y pasó su mano por mi hombro ligeramente al irse. Volví a mi trabajo.

La última certeza de mi vida es la de seguir con lo que hago, con lo que he hecho, la de terminar con lo que he empezado. La última certeza fue una pregunta implícita que ella sólo vino a responder.

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