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Entradas

Lia... otra vez

Lia pensaba pegada a la ventana, Carla la observaba desde el sillón sin preguntar. Las preguntas se arremolinaban en su cabeza como volutas de humo que penetran por la nariz para alojarse irremediablemente en las neuronas. Se sintió ligera, luego muy pesada, algo le ardió en el corazón y le hizo nudo la garganta. Tenía una pregunta pendiente. Miró a Carla como esperando oír la respuesta pero sabiendo que no era ella quien debía dársela. "Ve a buscarla", fue todo lo que le dijo. "Pero..." y se quedó en silencio viendo de nuevo a la ventana. Lia había querido volver a verla, pero no había tenido el valor para hacerlo. Se había detenido varias veces con el celular en la mano y su número marcado sin atreverse a presionar el botón. Decidía olvidarlo y días después volvía a asaltarla la idea. Qué hacer. Carla no decía nada, la veía sufrir en silencio, dudar y sufrir. La verdad es que ese número nunca sería marcado, jamás volverían a verse, ni a hablar, ni Lia se atreverí...

El inicio de la guerra

Revolución miraba desde la ventana como la gente huía despavorida de los militares que los asediaban. La Voz la tenía encerrada detrás de la puerta blanca del despacho, no había permitido que nadie saliera en horas y daba vueltas erráticas por el cuarto con lo brazos cruzados. De cuando en cuando paseaba sus dedos nerviosos por su cabello oscuro o por su barba prominente. Se detuvo junto a ella. Le habló por encima del hombro izquierdo como si más bien estuviera teniendo un soliloquio. Revolución respondió en monosílabos y se fue a la segunda pregunta. Se acercó a Fernando que estaba sentada en el sillón del centro con los brazos cruzados y la vista clavada en el techo, el seño fruncido. Sandoval caminaba nervioso, dando saltitos cuando sonaba el celular, hablaba parcamente y contestaba sintético. -        Deberíamos estar afuera.- Dijo Revolución a un lado de Fernanda. -        Sí, deberíamos… tenemos las arm...

La carta

Ayer tuve la certeza de ver la luna reflejada en las olas, mecerse hasta la playa y hablarme. Estaba soñando. Lo sé porque volví a ver su rostro en la luna y sus ojos entre las olas. La extraño tanto. La última vez que la vi sus labios eran azules como el hielo, su cuerpo congelado e inerte yacía pesado sobre la borda del barco, mis lágrimas se mezclaban con la sal del agua marina. La mujer verde me miraba como nunca, vacía. Quise lanzarme al mar oscuro y recuperar el aliento que había dejado adentro. Quise desgarrarme el alma y regresarle la vida. Ayer me detuve frente al mar y le lancé mil blasfemias, hubiera querido matar a Poseidón con las manos desnudas por habérsela llevado tan de pronto. Lloré toda la noche. Discúlpame si te lo digo tan de pronto, pero la extraño, la extraño tanto que no puedo contenerlo. Quisiera salirme de mi cuerpo con las lágrimas, quisiera que el de esta noche fuera el último aliento que yo tomara. No creí sentirlo tanto, pensé que tenía a la muerte super...

La mente de la mujer de negro

Volví a soñar con el hombre azul. Estaba sentado de espaldas a mí en la cafetería de la 3. Su traje de rayas  resaltaba entre la clientela estudiantil del lugar como una mancha de café en un mantel blanco. Vi el contorno de su cuerpo y se me estremecieron los nervios. Tuve la certeza instantánea de que era él sin serlo. Algo me decía que detrás de ese espeso cabello oscuro había sonrisa malévola al asecho. Juraría haberle visto los labios de Guasón desde el reverso de la cabeza. No quise acercarme, pero él ya me había visto y me llamaba con la mano. Caminé sigilosamente, nerviosamente, hasta la mesa y me senté frente a él sin saludarlo. No dijo nada. Si lo hizo, yo no lo escuché, estaba absorta en sus ojos oscuros y endurecidos, casi vacíos. Me parecía monstruoso detrás de la máscara de dulzura que solía ser su rostro. Lástima, pensé, era muy guapo, ahora se ve deforme: ojeroso, pálido, demacrado, ríe nervioso, pareciera que tuviera miedo de que alguien lo asaltara de pronto. Debe...

Ella...

- ¿Está bien? - Sí, creo que no ha comido, por eso se desmayó, tráele una coca, no seas mala. - Sí, voy. Ella abrió los ojos y se descubrió a sí misma en un cuarto blanco, acostada en un sillón pequeño, con el pantalón y el sostén desabrochados. Un rostro amable y barbón la observaba soplándole con un fólder vació. - ¡Hola! - Le dijo muy sonriente el hombre de la barba. - ¿Hola? - ¿Te sientes bien?... Te desmayaste hace un rato en la calle... - Ah, sí, estoy bien, gracias. - ¡Cuidado! No te levantes, mejor quédate ahí un rato. Ahorita te traen una coca para que te sientas mejor. - Yo... - No es pregunta. - Sonrió.- No te voy a dejar que te vayas hasta que te la hayas tomado, es un hecho. Ella lo miró con una mezcla de asombro e incomodidad. Le sonrió por compromiso. ¿Quién es? Sé que lo conosco, se me hace familiar, pero... ¿dónde lo he visto? No se parece a ningún actor, ¿o sí? Le tomó unos segundos más recordar su voz. ¡Es él! Recordaba entonces a su hermano, en la prep...

Tiempo después

Después de una ausencia necesaria del ciberespacio, regreso al blog. Tengo como mil cosas en la cabeza, quisiera decirlas todas pero ni el tiempo ni la página son suficientes. Revolución me ha estado pegando de gritos en los oídos, quiere salir corriendo de mis neuronas y materializarse. He leído las noticias, algunas -si leo todas todos los días me voy a volver loca de coraje-, y cada vez que lo hago siento cómo su voz me apabulla la cabeza, quiere salir. El problema aquí es que ninguna de las dos -ni ella ni yo- estamos convencidas de tomar el toro por los cuernos de manera solitaria y empezar a darle de palos a la situación absurda en que vivimos, aunque las dos creamos que ya va siendo hora de un cambio radical. Si no logro cambiar mi historia, cuando menos cambiaré la suya. Aquí se las voy dejando a pedacitos. Su nombre es Revolución y necesita ser escuchada.

La otra cara de Revolution

Caminaba por las calles vertiginosas de una ciudad portuaria, la madrugada se le antojaba soporífera pero la adrenalina de la víspera aún le bullía en las venas y no pudo controlar el instinto nativo de vagar sin rumbo. La mente estaba embotada en gritos, tamboreos, músicas estruendosas y ruidos incesantes, la ciudad silenciosa. Con los pies apretados en dos botas gruesas de casquillo, las manos metidas en los bolsillos de la gabardina beige y los ojos apretados detrás de los lentes de visión lejana, andaba con rapidez, como perseguida por el viento. Entró a un callejón vacío y sintió a su pecho contraerse de súbito, exhaló un vaho de insatisfacción que ya no podía contener. Revolución la vio venir desde el otro lado de la calle, se detuvo frente a ella para cortarle el paso y quiso hablarle. Ella le dio la vuelta. Revolución la siguió. Ella viraba con rapidez en las esquinas, siguiendo a su perseguidora con el rabillo del ojo. Revolución no le quitaba los ojos de encima. Llegaron a un...